Los formalismos no son lo mío, por eso voy a ir al grano, os voy a decir lo que le he pedido a este nuevo año: sentido del humor a raudales, porque estemos en la circunstancia que estemos, todo mejora con esa risa que nos pilla de sorpresa.
Os deseo unas Felices Fiestas y un próspero 2022 lleno de momentos por los que sonreír.
En estos momentos nos colamos en casa de todo el mundo sin querer queriendo, me explico, los stories y las fotos son diarios, un no parar de ver la vida en directo de tu vecina Paqui o de la Rosalía, lo mismo da que da lo mismo. Y una de las cosas que más me fascina es que con la suma de seguidores desaparecen las "cosas de las casas".
Las cocinas son un solar, los cuartos de baño parecen piscinas municipales y los salones una clínica dentista muy cara. La ausencia de color, y de objetos útiles en la vida cotidiana, ha dado paso a algunas plantas, mantitas en tonos neutros y espejos que flotan en paredes blancas ausentes de gotelé.
¿Nadie tiene libros hacinados? ¿Han matado a todos los tubos de pasta de dientes? ¿Quizás nunca volverá un cacharro a la cocina que no sea Smeg? ¡Me aburro! A mi me gusta ampliar la foto y encontrar portafotos con estampas costumbristas, intentar leer los cantos de los libros ajenos y cerciorarme si tienen las toallas tan oscuras como el alma.
No os sintáis mal por no tener una casa instagrameable, posiblemente es porque no tienes una casa, tienes un hogar. Un hogar que huele a cosas, que sabe a cosas que suena a cosas.
"¿Y a mí qué?", efectivamente, mis uñas no son un tema de estado, pero para mí son algo importante. La primera vez que "me hice las uñas", o lo que viene siendo ir a un salón de uñas a que te realicen la manicura semipermanente, fue 3 días antes de casarme.
En ese momento descubrí la fantasía de tener las manos preciosas y me enganché. En contraprestación a esto descubrí la sensación de impotencia de no poder quitármelas cuando yo quisiera, ¡oucht! De eso que te haces un piquete y tienes que vivir con él hasta que pasen otras dos semanas, y eso no va conmigo, o vamos bien o no vamos.
Tras muchos meses adicta al quita que te pone a la semipermanente llegó una pandemia, ahí me tienes echando acetona como si no hubiera un mañana, que quizás no lo habría, para quitar aquello, ¡drama! Y en ese momento decidí que no introduciría más cosas incontrolables en mi vida.
Estamos rodeados de situaciones incontrolables, un retraso en el tren, una caída de Whatsapp, una señora que te pilla el pie con el carrito en el súper, ... Yo paso de tener uñas que no están bajo mi control si viven en mi cuerpo, he dicho.
Pensaréis que es la tontería más gorda que habéis leído esta semana, pero os garantizo que a los neuróticos del control tener un algodón con acetona a mano puede que nos de una estabilidad mental que ni con todas las horas de terapia del mundo alcanzaríamos.
Porque cada día tengo líneas mentales que transcribiría por aquí, muchas, muchísimas, y no lo hago. No lo hago porque pienso que lo tengo que hacer de una forma determinada, con la imagen, el humor, el chascarrillo tonto, la cancioncilla de turno... Y no tiene por qué ser así. Todo puede ser más sencillo.
Cuántas veces me repetiré a mi misma esa frase. Porque la vida, así en general, sé que puede ser más sencilla, pero no hay huevos de enfrentarme a ese cambio, el cambio de reducir la velocidad, la intensidad y la exigencia. Porque si por ese nivel de exigencia me paralizo, y no avanzo, mal, error.
Por todo eso estoy aquí, porque quiero escribir, quiero seguir con mi diario digital por favor, que viejuno suena eso, ese que empecé en un momento de cambio, en un momento de encontrarme perdida y un poco asustada.
Puede que ahora también esté un poco así, o un poco asá, o puede que no sea estar sino ser.